domingo, 21 de diciembre de 2008

Ceguera


Eramos la única familia en el restaurante con un niño.

Senté a Daniel en una silla para niño, y ví que todos estaban tranquilos, comiendo y charlando.
De pronto, Daniel dió un grito, y dijo, ¡Hola amigo!, golpeando con sus manitas.
Sus ojos estaban muy abiertos, por la admiración, y su boca mostraba la falta de dientes en su encía.
Con gran regocijo, se reía y retorcía. Miré alrededor, y ví el motivo.

Un andrajoso, con un abrigo en su hombro; sucio, grasoso y roto.
Sus pantalones, anchos y con el cierre hasta la mitad; sus dedos, asomaban a través de lo que alguna vez fueron zapatos. Su camisa, sucia, y su cabello no había sido peinado por largo tiempo; y su nariz tenía tantas venitas, que parecía un mapa.

Estábamos lejos para saberlo, pero de seguro olía mal.
Comenzó a saludar. "Hola, bebito, ¿como estás, muchachón?", dijo a Daniel.

Mi esposa y yo nos miramos: ¿Qué hacemos?
Daniel continuó riéndose, y contestó: "Hola, hola amigo."


Todos nos miraron, y luego miraron al pordiosero: estaba incomodando a nuestro hermoso hijo.

Trajeron la comida, y el hombre comenzó a hablarle a nuestro hijo como un bebé.
Nadie veía simpático lo que estaba haciendo.
Estaba algo borracho.
Sentimos vergüenza.
Comimos en silencio; salvo Daniel, que estaba muy inquieto, y mostrando todo su repertorio.


Finalmente terminamos de comer y nos dirigimos a la puerta.
Mi esposa fue a pagar la cuenta, y acordamos encontrarnos en el estacionamiento.
El viejo se encontraba pegado a la puerta de salida.


"Dios mío, ayúdame a salir de aquí sin que este loco le hable a Daniel." Dije, orando, mientras pasaba cerca del hombre.

Le dí la espalda, tratando de salir sin respirar ni un poquito del aire que él pudiera estar respirando. Mientras hacía esto, Daniel se volvió rápidamente en dirección hacia el viejo, y con sus brazos en posición de: "cárgame".
Antes de que lo impidiera, se abalanzó desde mis brazos a los del hombre. En total confianza, amor y sumisión, apoyó su cabeza sobre el hombro del pordiosero, quien cerró sus ojos; y pude ver lágrimas corriendo por sus mejillas.
Sus
maltratadas manos llenas de cicatrices, dolor y duro trabajo, acariciaban
suave, muy suavemente, la espalda de Daniel.
Nunca dos seres se habían amado tan profundamente en tan poco tiempo.
Me detuve, aterrado.

El viejo se meció con Daniel en sus brazos por un momento, luego abrió sus ojos, y miró directamente a los míos.
Dijo en voz fuerte y segura: ¡cuide a este niño!
De alguna manera, contesté: "Así lo haré"; con un inmenso nudo en mi garganta. Separó a Daniel de su pecho, lentamente, como si tuviera un dolor.


Recibí a mi niño, y el anciano dijo: "Dios le bendiga, señor; me ha dado un hermoso regalo."

No pude decir más que un entrecortado "gracias".
Ya con Daniel en mis brazos, caminé rápidamente hasta el auto.
Mi esposa se preguntaba por qué lloraba y sostenía a Daniel tan apretadamente; y por qué decía:
"Dios mío, Dios mío, perdóname."
Acababa de presenciar el amor más puro, a través de la inocencia de un niño, que no hizo juicio alguno, que sólo vió un alma; y unos padres que vieron un montón de ropa sucia.
Fuí un cristiano ciego, cargando a un niño que no lo era.


Pasen unidos una hermosa Navidad, llena del más puro amor.
Autor Desconocido.

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