martes, 3 de marzo de 2009

Cuarto Para las Doce

¿Observaste que el panorama suele ser más oscuro poco antes de ocurrir un viraje positivo? El hombre de negocios afirma que justo antes de hacer su fortuna, estaba a punto de claudicar.
Le llegaba el agua al cuello cuando, de repente, todo empezo a cambiar.

A punto de renunciar, se mantuvo firme justo lo necesario para dar a su trayectoria un giro de ciento ochenta grados y cosechar los frutos. Quizá te haya ocurrido que cuando sientes que no vale la pena vivir, aparece una persona en tu vida que eleva tu ánimo hasta las nubes.
La vida es así porque existe el principio del “cuarto para las doce”.
Siempre hace más frío y esta más oscuro antes del amanecer.
Si resistimos lo suficiente, recibiremos nuestra recompensa.
Durante el parto, este principio entra en acción. Justo antes del gran milagro de la vida, la resistencia de la madre es sometida a una prueba de fuego, por medio de intensos dolores
.
En cuanto conocemos la existencia del “cuarto para las doce”, la vida pierde mucho de su carácter traumático. En efecto, la creación nos pone a prueba todo el tiempo, para ver si en verdad tomamos en serio nuestras metas. Si resistimos ese poquito más…
Conocer este principio es tener una gran ventaja; cuando todo es caos, podemos decir: “¿De modo que todo marcha mal? ¡Quiere decir que aquello por lo que tanto he luchado está a la vuelta de la esquina!”. Y así sentirnos mejor. Generalmente estaremos a prueba, en alguna forma, antes de recibir algo valioso. Si somos conscientes del principio del “cuarto para las doce”, y enfrentamos las dificultades como parte del proceso para alcanzar el éxito; en primer lugar no seremos desertores, y, en segundo, obtendremos lo que queremos de la vida. Cuando todo se ve “color de hormiga” puede ser el momento de celebrar. Quizá ya estás cerca de la meta.

Andrew Mathews

lunes, 2 de marzo de 2009

Inspirador

En una escuelita rural había una estufa de carbón muy antigua.
Un niño era el encargado de llegar temprano
y encenderla, para calentar el aula, antes de que llegaran su maestra y compañeros.
Una mañana, al llegar, encontraron la escuela envuelta en llamas.
Sacaron al niño, inconsciente, más muerto que vivo. Tenía quemaduras graves en la mitad del cuerpo, y lo llevaron de urgencia al hospital.
En la cama, horriblemente quemado, y semi inconsciente, oía al médico hablarle a su madre. Decía que seguramente su hijo moriría: que era lo mejor que podía pasar, pues el fuego había destruído la parte inferior de su cuerpo.
Pero el valiente niño quería vivir. De alguna manera, y para sorpresa de todos, sobrevivió.
Una vez superado el riesgo de muerte, volvió a oír a su madre y al médico hablando despacito. Dado que el fuego le había dañado tanto las extremidades inferiores -decía el médico- habría sido mejor que muriera, pues estaba condenado a ser inválido.
Una vez más, el niño tomó una decisión: ¡caminaría!
Aunque, de la cintura para abajo, no tenía motricidad: sus piernitas colgaban sin vida.
Finalmente, le dieron de alta. Todos los días, su madre le masajeaba las piernas, pero no había sensación, ni control, nada.
No obstante, su determinación de caminar era más fuerte que nunca. Cuando no estaba en la cama, estaba confinado una silla de ruedas.
Una mañana soleada, la madre lo llevó al patio a tomar aire fresco.
Ese día, en lugar de quedarse sentado, se tiró de la silla.
Se impulsó sobre el césped arrastrando las piernas y llegó hasta el cerco que rodeaba su casa, trepándolo.
Allí, poste por poste, comenzó a avanzar.
Hizo lo mismo todos los días, hasta dejar una pequeña huella junto al cerco. ¡Quería darle vida a esas piernas!
Por fin, gracias a las oraciones y masajes
de su madre, su persistencia férrea y su resuelta determinación, desarrolló la capacidad, primero de pararse, luego de caminar tambaleándose, finalmente caminar solo, y después... ¡correr!
Iba caminando al colegio, luego corriendo, por
el solo placer de hacerlo.
Más adelante, en la universidad, formó parte del equipo de carrera sobre pista.
Tiempo después, en el Madison Square Garden, este joven, que no tenía esperanzas de vida, que jamás caminaría, que nunca tendría la posibilidad de correr: este joven determinado, Glenn Cunningham, ¡llegó a ser el atleta más veloz el mundo!

domingo, 1 de marzo de 2009

Ángeles

Una joven estudiante, estaba en casa por el verano.
Visitó algunos amigos, y por quedarse platicando, se le hizo muy tarde, más de lo que había planeado, y tuvo que caminar sola a su casa.
No tenía miedo porque vivía en una ciudad pequeña y vivía sólo a unas cuantas cuadras del lugar.

Mientras caminaba, pidió a Dios que la mantuviera salva de cualquier mal o peligro.
Cuando llegó a un callejón que le servía como atajo, decidió tomarlo.
Sin embargo cuando iba por la mitad, notó a un hombre parado al final, como que estaba esperando por ella.

Nerviosa, empezó a rezar a Dios por protección.
Un sentimiento de tranquilidad y seguridad la envolvió, como si alguien estuviera caminando con ella: llegó al final del callejón, pasó justo delante del hombre, y llegó bien a su casa.

Al día siguiente, leyó en el periódico que una chica había sido violada en aquel mismo callejón, unos 20 minutos después de que ella pasara por allí.
Sintiéndose muy mal, y pensando que pudo haberle pasado a ella, comenzó a llorar dando Gracias a Dios por haberla cuidado, y le rogó que ayudara a la otra joven.
Decidió ir a la estación de policía, pues podría reconocer al sospechoso, y les dijo su historia.

El policía preguntó si estaría dispuesta a identificar a quien vió la noche anterior en el callejón: ella accedió, y sin dudar, lo reconoció.
Cuando el hombre supo que había sido identificado, se rindió y confesó.

El policía agradeció su valentía y le preguntó si había algo que pudieran hacer por ella y ella pidió que preguntaran al hombre por qué no la atacó a ella cuando pasó por el mismo callejón.
Cuando el policía le preguntó, el hombre contestó: “Ella estaba acompañada, había dos hombres altos, caminando uno a cada lado".